Editoriales · 28 jun 2026
Vivimos gobernados por la señal, no por la realidad — y la señal casi siempre miente
Tememos lo que se deja ver; lo que de verdad nos mata, nos arruina o nos delata pasa de largo sin titular.
Vivimos convencidos de que reaccionamos a lo que ocurre, cuando solo reaccionamos a lo que se nota. Pasamos el verano aterrados por el calor mientras el frío mata diez veces más, persona a persona, de forma difusa y crónica, sin una sola portada; en julio el calor se llevó casi tres mil vidas en un solo país, más que el tráfico de todo el año, y aun así el invierno —que siega un veinte por ciento más de gente— no asusta a nadie, porque mata despacio y sin fotografía. El termómetro sube y la alarma se dispara; el termómetro baja y nos abrigamos en silencio. No es que seamos tontos: es que el sistema entero —nuestro cerebro, los medios, las políticas— está cableado para responder a lo agudo, lo visible, lo fotogénico, y para ignorar lo lento que nos desangra por dentro. Toda la cosecha del día cuenta la misma historia sin saberlo: la señal manda, y la señal casi siempre apunta al lugar equivocado.
Llevemos la lógica a su extremo más perverso. Una enfermedad grave es una buena noticia para la salud pública, y una leve, un desastre. Suena absurdo hasta que se entiende el mecanismo: el brote de ébola que hoy arde en el Congo es de la variante suave, la que en nueve de cada diez enfermos no provoca las hemorragias clásicas y baja la letalidad del ochenta por ciento al diez. Resultado: la gente sigue haciendo vida normal, contagiando, sin saberse enferma, y el brote prendió durante meses sin que nadie lo viera —mil casos, doscientos cincuenta muertos antes de la alarma—. La gravedad visible de una dolencia es su señal de precio, lo que dispara la respuesta; cuando es barata de portar, el mercado sanitario no se entera a tiempo. Lo mismo con el cuerpo entero: la osteoporosis, ese andamiaje que creemos inerte, multiplica por más de tres el riesgo de demencia tras la primera fractura, porque hueso y cerebro comparten señales hormonales que nadie miraba. Medimos lo que se ve —el quiste, la hemorragia, el síntoma— y por eso un síndrome que ni es del ovario ni son quistes infradiagnosticó durante décadas a millones de mujeres. El nombre equivocado escondía la cosa.
Donde la mentira de la señal se vuelve cómica es en el precio. Una oficinista posó desnuda por cincuenta libras la sesión y el cuadro que pintaron con ella cuelga hoy por treinta y nueve millones; cuatro genios del barroco sevillano se repartían el mismo encargo por jerarquía gremial, no por mercado, y uno cobraba catorce veces más que otro por idéntica obra. El valor nunca estuvo en el trabajo incorporado: está en la firma y en la escasez. Y cuando producir algo deja de costar, su valor como prueba se evapora: la fotografía perdió en pocos años el estatus que tuvo dos siglos —el noventa y cuatro por ciento ya no distingue una imagen real de una falsa—, igual que la respuesta de un examen valió cero en cuanto una máquina la regaló gratis. Un catedrático ciego lo destapó antes que ningún vidente: más de cincuenta de sus ochenta y seis alumnos copiaron, la media del examen para casa fue de noventa y seis y la del presencial, cuarenta y ocho. La tecnología no inventó la deshonestidad; bajó a cero el coste de copiar, y la confianza dejó de ser un equilibrio sostenible. Una institución entera abolió su código de honor de ciento treinta y tres años no porque la gente empeorara, sino porque cambió el precio de mentir.
Y cuando el sistema es el Estado, la asimetría de la señal se vuelve crueldad burocrática. A un hombre lo condenaron a dos años y lleva casi veintiocho encerrado, prorrogando una custodia preventiva sobre un peritaje firmado por un perito que fue cuadro de la extrema derecha, reciclado trece veces porque ningún funcionario es castigado jamás por dejar a alguien demasiado tiempo dentro, y todos por soltar a quien no debía. El incentivo solo corre en una dirección: el coste de equivocarse liberando es visible y tiene nombre; el de equivocarse encerrando es invisible y no lo paga nadie. Por eso Suecia, al endurecer las penas de los menores, no eliminó el crimen: lo empujó hacia abajo, y ahora las bandas reclutan sicarios de trece años porque la impunidad se ha vuelto un recurso que se arbitra por edad. La política responde al síntoma fotogénico y desplaza el problema a donde la cámara no mira. Castigamos lo que se ve; lo que se esconde, prospera.
Hasta la prosperidad cae en la trampa. Vivimos uno de los momentos de mayor bienestar material de la historia y nos consume el miedo al fin del mundo, porque la amenaza genera mejor relato que la calma y el pesimismo vende donde la esperanza aburre. Tomamos dos billones de fotos al año y nos quedaremos sin memoria de nuestra infancia, porque lo aparentemente gratuito eliminó la selección que antes daba valor a la foto impresa. Y entonces, agotados de abundancia, pagamos por escuchar un disco a oscuras con el móvil apagado, coleccionamos discos compactos, reintroducimos a propósito la incomodidad que la comodidad infinita nos quitó: cuando todo es ilimitado y gratis, recuperar el límite se convierte en el nuevo lujo. La señal nos engañó también aquí, haciéndonos creer que más era mejor justo hasta vaciarlo de sentido.
El hilo que cose el día entero no es el pesimismo de moda: es que casi todo lo que «sabemos» por sentido común es la cara visible de un mecanismo que opera al revés. Tememos el calor y nos mata el frío; celebramos la enfermedad leve y es la que nos quema por dentro; pagamos por la firma y despreciamos el trabajo; encerramos por lo que alguien podría hacer y soltamos por lo que se nota. Una civilización no teme lo que la amenaza: teme lo que se deja fotografiar. Y mientras siga confundiendo la señal con la realidad, seguirá calculando con precisión la dosis exacta de veneno que la mantiene cómoda sin obligarla nunca a mirar lo que de verdad la está matando.
El pódcast diario está en camino.
Un episodio cada mañana: los datos del día y el mecanismo que los explica.