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el asombro diario

Editoriales · 25 jun 2026

Sabemos leerlo todo menos cómo vivir esta noche

Nos hemos vuelto maestros en descifrar lo lejano, lo muerto y lo antiguo, justo cuando dejamos de saber habitar lo cercano, lo vivo y lo presente.

Somos la primera civilización capaz de leer un libro quemado hace dos mil años sin tocarlo y, a la vez, incapaz de dormir una noche de junio en su propia cama. Esa es la fractura del día, y conviene mirarla de frente: hemos perfeccionado la lectura de todo lo que está lejos —un papiro carbonizado por el Vesubio que entrega veinte columnas de filosofía estoica sin desenrollarse, el sexo de un pariente extinto deducido de la proteína de un diente de hace 300.000 años, la densidad de un planeta que flotaría en una bañera medida por el tirón de su danza con otro—, mientras se nos ha roto la lectura de lo que tenemos delante. El cuello de botella de la inteligencia humana ya no es conseguir información: es entender la que ya poseemos y, sobre todo, vivir dentro de ella. Acumulamos archivo y perdemos presente.

Mírese lo que pasa de noche, que es donde el sistema se delata. Las noches se calientan más deprisa que los días —tres décimas de grado por década frente a dos y media—, y la noche es precisamente cuando el cuerpo se repara. La función más antigua de una casa, cobijar el sueño, se está externalizando: hay quien baja al sótano a dormir a dieciocho grados, quien sube a mil trescientos metros en una furgoneta con mosquitera, quien lleva tres semanas en un hotel porque su bebé no regula la temperatura, quien se ofrece para el turno de noche solo por el aire acondicionado del hospital. Una nación entera migra de madrugada dentro de su propia ciudad. Y el origen del absurdo es exquisito: la vivienda europea fue diseñada con primor para retener calor en invierno, de modo que ahora funciona como una caldera perfecta en pleno verano. Construimos máquinas para resolver el frío de hace un siglo y nos despertamos cocidos en el calor de este.

El mismo punto ciego asoma cuando el hogar no se calienta: se vacía. Diecisiete millones y pico de personas viven solas en Alemania, un aumento de más del veinte por ciento en dos décadas; más de la mitad de los mayores de ochenta y cinco, y casi un tercio de los veinteañeros urbanos. Y aquí el giro contraintuitivo, el que ninguna intuición acierta: cuanto más densa es la ciudad, cuanto más nos conecta con todo y con todos, más fragmenta los hogares. La infraestructura de la proximidad —el reparto a domicilio, el ocio individual, el servicio para uno— es precisamente la que hace viable, y por tanto frecuente, vivir sin nadie. Y donde falta el vínculo florece su prótesis: hay jóvenes que se sienten solos y consumen telerrealidad para observar las amistades, los conflictos y los abrazos que no tienen, desde el sofá. El mercado, fino como un cirujano, ha aprendido a vender el simulacro del lazo precisamente a quien más lazo le falta, y cada dosis afianza el aislamiento que la motiva. Es un negocio que prospera alimentando la carencia que dice aliviar.

Conviene no engañarse con el progreso, porque el mismo gesto sirve para salvar y para destruir según quién lo empuñe. El día trajo dos noticias gemelas y opuestas sobre leer textos antiguos: una técnica lee el papiro sin desenrollarlo —preservación total, leer sin tocar— mientras otros compran libros raros descatalogados para escanearlos y triturar después el ejemplar físico. La misma idea —dar a una máquina acceso a un texto viejo— preservando en un caso, aniquilando en el otro. La tecnología no decide nada; decide el incentivo de quien la usa. Y el incentivo, cuando nadie mira, externaliza la pérdida irreversible con la frialdad de un albarán.

Esa misma frialdad reaparece cuando el poder se pone a leernos a nosotros en lugar de protegernos. Para impedir que un niño de doce años entre en una red social, media Europa se dispone a exigir que cada adulto demuestre antes al Estado quién es: toda verificación de edad universal es, por diseño, un censo de identidad de los mayores, y el menor es la excusa simpática para levantar el padrón digital. El dato incómodo ya está medido en el país que lo intentó antes: tres meses después de prohibir las redes a los adolescentes, el ochenta y cinco por ciento seguía usándolas con cuentas falsas y rodeos. Coste cierto sobre todos, eficacia dudosa sobre el objetivo. Es la fe regulatoria en estado puro: confundir prohibir con proteger, legislar el acceso —que es fácil— creyendo que así se cambia el deseo —que no lo es—. Documentamos al ciudadano antes de dejarle hablar con la misma soltura con que escaneamos un libro antes de tirarlo: la verificación como infraestructura, el ser humano como dato a catalogar.

Y donde de verdad habría que mirar de cerca, miramos a un siglo de distancia. Un equipo perfora glaciares condenados y guarda los testigos de hielo en una cueva antártica a cincuenta y dos bajo cero, porque dos tercios de los doscientos mil glaciares del planeta habrán desaparecido a fin de siglo y ese hielo es el archivo más fiel que tenemos: burbujas con aire de hace más de un millón de años. Mientras tanto, en una roca marciana espera tal vez la respuesta a si hubo vida fuera de la Tierra, y la nave que iba a traerla se canceló: sabemos exactamente qué hacer y no podemos hacerlo. Una amenaza lenta, fechada y documentada ocupa una columna de ciencia; la disputa cortesana del día, urgente y efímera, ocupa la primera plana. No es un fallo de bando: es un fallo de horizonte. Una cultura que premia lo inmediato y descuenta lo diferido renuncia, sin decirlo, a pensar más allá del próximo ciclo de noticias.

Hay una imagen que lo cierra todo. Hace más de trescientos mil años, un pariente nuestro con un cerebro de un tercio del actual reservó una cueva, accesible solo por túneles estrechísimos, para enterrar a sus muertas, y defendió ese espacio con un esfuerzo físico extremo: tuvo el concepto abstracto de un sitio guardado para los suyos. Nosotros pesamos planetas que flotarían en agua, leemos sin abrirlo el manual de cómo vivir que escribió un epicúreo, resucitamos un gato del Sáhara con un vídeo de aficionado. Lo único que ya no sabemos hacer —con todo ese archivo a mano— es reservar, dentro de nuestra propia casa, un rincón fresco donde dormir acompañados una noche de junio.

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